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La rutina, altos y bajos. Por Max.

Hay días que te levantas de la cama ufano, has dormido bien y te vas contento a la ducha, si no cantas es –dejando aparte lo desagradable que pueda ser tu voz- por la hora tempranera y el procurar no despertar a la parienta, el mundo tal parece color de rosa. En la noche tuviste un sueño agradable, al que la cabeza pugna por encontrar significado. Arrancas el ordenador mientras el microondas calienta la leche pal chocolate. Ojeas el correo electrónico que viene cargado de ofertas mañaneras de viagra y te dices ¡carajo! ¿acaso no estuve superior anoche haciendo el amor? Y te asalta la duda, -es la maldita próstata- los años que no pasan en balde. ¿Será hora de comprar la pastillina? Es el primer bajón.

Compras el diario ojeas las noticias y llegas a la conclusión de que no se rompe España sino el partido Popular, y te vuelve a subir la moral. Montas en el auto arrancas, pulsas el mando para que se abra el portón y no te obedece, lo encuentras estropeado –como casi siempre- y otra vez se te tuerce el gesto. Un día más la lluvia arrecia, hay niebla el sol no despierta y te sientes aplanado. Llegas al trabajo la rutina de siempre te recibe, entras en la rueda de la esclavitud, encaras los problemas con el ánimo medio pensionista, pasas de las demandas telefónicas destempladas del exaltado de turno, reclamas los materiales que no acaban de llegar, atiendes a los vendedores que tratan de colarte sus gangas, por más que no necesites nada de lo que te ofrecen.

Sueltas las habituales pestes contra telefónica por la velocidad de tortuga de Internet. Cuando el horno no está para bollos, terminas por tener una enganchada con el pesado de todos los días, ofreciéndote colocar un dinero del que careces, en el negocio del siglo – y menos mal que es por teléfono, sino habría tiros y puñaladas-

Verdaderamente el genero masculino somos la mar de raros y simples, a media mañana te vas de recados y por el simple hecho de ser atendido y encontrarte con la sonrisa cautivadora de una moza rompedora, con buena figura –a la antigua usanza- anchas caderas cinturina de avispa, lozana y de carnes generosas, equipada con una blusa ajustada, blanca o roja, ya te reconforta, te alegra la pestaña y te sube la moral por los cielos. Al final está visto que todos pugnamos por convertirnos en unos viejos verdes.

Llega el medio día sin mayores sobresaltos, arrancas a toda pastilla para llegar pronto a comer, discutes con la señora los temas de la tertulia de la tele, mientras engulles a toda prisa la deliciosa comida ¡benditas manos! que encontraste humeante sobre la mesa, y te felicitas por poder disfrutar de una cocinera de por lo menos cinco tenedores. A estas alturas de la película valoras y mucho, estos temas de la manduca. Si te sobra un poco de tiempo le das un vistazo al blog y lees las noticias alternativas de Insurgente y Rebelión, terminando con una breve consulta al correo.

La tarde continúa con más papeles, facturas, presupuestos. El trabajo anda mal, te cuentan como un joven treintañero se gasta veinte millones –que no tiene- en un camión y si quiere trabajar no le queda más remedio que gastar otros catorce en comprar una plaza en una cooperativa, total que se endeuda hasta las cejas. El gasoil por las nubes ¡y subiendo!, las tarifas del transporte llevan siglos sin crecer, tiene una familia que mantener, un piso a medias de pagar y su responsabilidad adobada con el consiguiente desasosiego apenas le deja dormir por las noches –y eso que es de los afortunados que tiene trabajo- Tal como hace el caracol con su concha, lleva de continuo su herramienta de trabajo a cuestas, estas gentes son unos verdaderos campeones, hacen milagros, si les pasa algo o enferman ¿Quién les pagará las letras? Un banco si se ve en dificultades pronto cuenta con la mano amiga del Estado ¿y el pobre camionero? ¡Porca miseria! La moral te queda por los suelos.

De vuelta a casa, te sumerges en internet, si se tercia escribes un poco, cenas temprano –a ciertas edades ya no soportas el ir a dormir con el estómago lleno- y contactas por medio del Skype con los hijos que están lejos, charlas mientras ellos van cenando con la wedcam de testigo. La pequeña lo tiene más difícil, no puede permitirse el disponer de Internet pero de vez en cuando algún generoso deja abierta la conexión de las ondas, si es así podemos verla y charlar con ella, también es verdad que suele pasar bastantes fines de semana en casa. Te sube la moral el comprobar que están bien y que pese a las dificultades van saliendo adelante.

Un poco cansado enfilas la cama y si tienes la suerte de abandonarte pronto en brazos de Morfeo, dormirás como un bendito hasta la mañana siguiente, en que otra vez con el contador a cero, inicias la rutina…

Las fotos, aprovechando que la parentela anda ahora por la isla, me las envían ellos y pertenecen a Escocia.

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